viernes, 6 de junio de 2014

Gatica, el mono (1993)


Así como su colega John Cassavetes se permitía la diablura masoquista de un literalmente explosivo final para el Brian de Palma más pasado de rosca (justo después de Carrie), Leonardo Favio ejercía de argentino trovador para toda una generación de mamás (incluida mi mami preciosa) colgadas del romanticismo simple y casi insufrible (no obstante sensacional y subjetivamente conmovedor) de versos inolvidables como hoy corté una flor (y llovía, llovía). El grecoamericano era menudo y avisado, y a menudo avezado, como en The Dirty Dozen y The Killers; mientras que el cantante sin apellido --a la Angelina Jolie Voight-- era un gitano robusto de pañoleta roja y gorgoritos característicamente graves o más bien grávidos --¿Sandro anyone?--, en todo caso efectivos: y yo te iré contando tantas cosas bonitas... Ambos lo hacían por amor al arte, no hay duda, pues Leonardo Favio financió con aquellos éxitos radiales los equivalentes rioplatenses de Faces o Minnie and Moskowitz, legando una filmografía independiente y autóctona que ha creado escuela en esta parte del mundo.


No en vano hemos mencionado aquella genial adaptación que Don Siegel consiguió del relato breve fundacional de la série noire tipeado de pie por Hemingway: en Gatica, el mono, el boxeador como figura arquetípica, identificatoria de toda una mitología, reaparece con brío clásico en el ámbito del cine hispanoamericano. Biografía del campeón José María Gatica, se trata de una épica realista y estilizada, con la que el director (fallecido en noviembre de 2012) volvió de un prolongado retiro. El melodrama humano a la vez que arrabalesco, de gran guiñol, de su antihéroe sirve a una compasiva y, no obstante, honesta mirada en las miserias de una nación. La cámara de Favio prefiere, por eso, a la par que auscultar el temperamento psicológicamente complejo, revanchista y egocéntrico de Gatica, posarse en los eventos que suceden tras las bambalinas, aun en las sombras o en las exhalaciones de una crónica histórica hábilmente asimilada al ascenso e inevitable caída de un emblema no sólo nacional: también Favio era un peronista convicto. Iluminadoras son, en las escenas deportivas, las asociaciones entre el pugilato y el ritual católico --las cuales, como algunos otros elementos en la película, remiten a la modélica Raging Bull--, así como, en el privilegiado nivel privado, la descripción de la decadencia vital de Gatica en términos de una estética conscientemente tremendista. La interpretación dúctil e histriónica de Edgardo Nieva en el rol titular es nada menos que espectacular. "Tanguera", que después de ver la obra maestra de Favio el lector no podrá dejar de identificar en este arreglo, fue una composición de Mariano Mores, cuya música también forma parte de la comercialmente inédita Perón, sinfonía del sentimiento, del propio Favio. *****/*****

       

martes, 11 de marzo de 2014

Moi, fleur bleue (1977)


Después de conquistar a los públicos más exigentes con sus interpretaciones en Taxi Driver y The Little Girl Who Lives Down the Lane (ambas de 1976), la gran Jodie Foster, veterana de tan sólo 15 años de edad, se fue a hacer por primera vez las Europas --habiendo ya visitado Cannes a propósito de la obra maestra de Scorsese. Así es que antes de rodar la playera Casotto en Italia y regresar a Hollywood para seguir sacándole partido a su adolescencia tan atractiva como inteligente, Jodie protagonizó esta ligera comedia romántica acerca de una chica en busca de la pérdida de su virginidad que, más allá de la genial convicción con que la pequeña actriz incorpora a tal personaje y su asertividad (y que sus trotes en París me recuerden al púber James Joyce recorriendo en celo las calles de Dublín, imaginado por Anthony Burgess), no llega ni por asomo al nivel alcanzado por otras películas con similar apariencia y asunto, e.g. la sorpresiva Little Darlings (1980) estelarizada por una imprescindible Kristy McNichol. No obstante lo observado, y pese a que Moi, fleur bleue resulta lamentablemente trivial (por si fuera poco, el otro nombre de la producción era Jean Yanne, el Carnicero de Chabrol), el primer amor encontrado por la maravillosa Isabelle (Foster) en su cruzada desfloratoria de sí misma funciona inclusive, aunque no se quede sino en un boceto de pasión, en el plano musical, pues ésta fue la tercera incursión de mi estrella femenina favorita en el canto --luego de Bugsy Malone y Freaky Friday, también del copado 1976--: un debut francés en pleno, gorgoritos y todo. ***/*****

    

sábado, 8 de febrero de 2014

Pecado mortal (1955)


Basado en una novela rosa de la experta Caridad Bravo Adams, este melodrama engolado, convencional y previsible resulta, no obstante, de una solvencia innegable, beneficiándose especialmente de los matices góticos de su autora y de una convincente Gloria Marín. En el México rural se suceden los días de una pobre mujer con todo el dinero del mundo, a merced de un marido codicioso y libertino, inescrupuloso y dictatorial (Víctor Junco), que al parecer no es sólo culpable de su invidencia o de sus cotidianas humillaciones; la desdichada protagonista, interpretada con suma dignidad por Marín, sólo cuenta con el amor de su joven ahijada (Silvia Pinal), la ayuda de su sobrino estudiante de medicina (Ramón Gay) y la inexorabilidad de la justicia divina. La dirección de Miguel M. Delgado (colaborador habitual de Cantinflas) es sencillamente sólida, y, Marín aparte, la belleza de Pinal y la estólida imitación que hace Junco de Burt Lancaster justifican el visionado de esta pequeña solemnidad –no tanto así la deficiente galanura de Gay en un rol ajeno a su competencia. ***/*****

miércoles, 1 de enero de 2014

Gran Casino (1947)


Luego de perder su puesto de trabajo en el MoMA por culpa de Dalí y de que --si hemos de creerle-- Hollywood se apropiara gratuitamente de una idea suya para The Beast with Five Fingers (1946), el título con que Buñuel retornó al cine (si bien ahora de un talante industrial más o menos indiscutible) después de Las Hurdes (1933), el documental que cerró su inaugural, revolucionaria etapa francófona, fue un vehículo para el exclusivo lucimiento de los cantantes y estrellas Jorge Negrete y Libertad Lamarque. Tal cinta, pese a problemas en su recepción que han subsistido hasta hoy, es cuando menos un melodrama musical realizado con básica solvencia, que ofrece la gracia de su pareja protagónica e, inclusive, algún brevísimo apunte personal propio del Padre del Surrealismo fílmico. En México Buñuel llevaría a cabo casi veinte largometrajes, una producción cuantitativamente superior a la de su estadía en otros países que, naturalmente, resultó en varias de sus obras maestras unánimes: Los olvidados (1950), Él (1953), Nazarín (1959), El ángel exterminador (1962). En Gran Casino las convenciones y los estereotipos se hallan a la orden del día, sin que el maestro pueda hacer nada que no sea devolver una comisión ajustada y deliberadamente torpe; sin embargo, la rumbera Meche Barba y el matón Alfonso Bedoya en el reparto, además de la melodiosa banda sonora, dan fe de un entretenimiento asegurado.

      

martes, 19 de noviembre de 2013

Gangster Squad (2013)

Stone y Gosling, la pareja perfecta en cualquier época

Sorpresiva y masivamente desaprobada, Gangster Squad es una muy recomendable cinta que homenajea al film noir y, en particular, al género encumbrado por casa --Warner-- a través de títulos tan emblemáticos como The Public Enemy (1931) y Little Caesar (del mismo año). Más bien, no obstante, la recta perspectiva moral de su trama enlaza a Josh Brolin y compañía con el Jimmy Cagney de G Men (1935) (para variar, un esfuerzo por trasladar el romanticismo y la heroicidad de los criminales a quienes, al menos en teoría, los poseen). Otras influencias estilísticas y conceptuales provienen de fuentes a un tiempo disímiles y familiares como el Dick Tracy (1990) de Warren Beatty y la obra policial de Brian de Palma: Scarface (1983), The Untouchables (1987), The Black Dahlia (2006). Así, pues, propuesta retro sumamente atractiva y eventualmente satisfactoria, Gangster Squad ha sido atacada indistinta e injustamente desde el público y la crítica por ser demasiado violenta y desperdiciar el talento de su notable reparto; lo cierto es que la implacable acción balística en esta película tiene todo el control emocional sobre el espectador adecuado que lamentablemente se descuidó en la menos prolija sucesión explosiva de la fantástica Man of Steel (de este año). Por otra parte, los realizadores no aspiran a rehacer The Godfather ni mucho menos, y el género gangsteril no puede ser evocado en esta admirativa, filial manera si no se miman con suficiencia sus esenciales clichés, y el resultado es una labor cuya imperfección (previsibilidad, superficialidad) se extravía en una idealmente cumplida remembranza que envuelve a todos los involucrados: entre otros, Dion Beebe y Caleb Deschanel en la pictórica fotografía, Steve Jablonsky en la partitura a la Morricone, y un elenco de estrellas: Brolin es tan duro como humano, Ryan Gosling carismático y encantador, Sean Penn siniestro y creíble, y la bella Emma Stone oportuna en un rol que condensa las despreciadas virtudes de esta épica nostálgica que ningún aficionado que se precie dejará de visionar.

domingo, 10 de noviembre de 2013

¿Quién puede matar a un niño? (1976)


Su carácter de ensayo fantaterrorífico anclado en una realidad tan histórica como inmediata no lo convierte necesariamente en una propuesta superior a La residencia, pero el segundo y definitivo trabajo en celuloide de Narciso Ibáñez Serrador sigue siendo una pieza congruentemente espeluznante y moralmente provocadora. De unos iniciales minutos documentales, que establecen la protesta indignada frente a la situación de los niños del mundo, pasamos a la premisa ficticia, genuina prolongación y legítimo trastrocamiento de una historia (la de Auschwitz, la de Corea, la de Africa) tan dolorosa en su horror que ninguna fábula podría angustiarnos más: un matrimonio inglés en viaje de turismo se interna en el misterio de una isla española desierta de adultos y repleta, superpoblada de los fantasmas de una infancia desalmada. La influencia de The Birds (1963) y Jaws (1975) --y quizá especialmente de Village of the Damned (1960)-- configura un microuniverso hábilmente diseñado y expertamente fotografiado, en el que la bellísima labor de Waldo de los Ríos subraya dialógicamente el impacto de nuestra imaginación.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Cosmopolis (2012)


Exhaustivamente protagonizada por un consagratorio Robert Pattinson, la distópica cinta de David Cronenberg confirma la versatilidad de registros del veterano realizador canadiense: fotografía descarnada, banda sonora austera y puesta en escena hermética, entre otros signos estéticos de nota, dan cuenta de una reflexión filosófica sobre la tragedia del capitalismo --basada en la homónima novela de Don DeLillo-- congruente con el resto de su filmografía, pero en la cual el horror psicológico del autor de Dead Ringers (1988) y la sofisticada perversión del lector de J. G. Ballard en Crash (1996) encuentran la fusión ideal que, por fin, hace de radicales (e impermeables) ejercicios tempranos como la primigenia Stereo (1969) anticipos de un arte abstracto admirablemente capaz de trascender la herencia de Kubrick y su propia condición de piezas sospechosas de (auto)indulgente "arte y ensayo" --con una convicción pasmosa. En el parco, reticente soundtrack, Howard Shore vuelve a formar un asombroso tándem creativo con la banda de indie rock Metric, después de su extraordinaria colaboración para The Twilight Saga: Eclipse (2010).