En esta entretenida
comedia de venganza mujeril dirigida por Nick Cassavetes, la aparentemente
apocada esposa (sensacional Leslie Mann) de un ejecutivo en ascenso (Nikolaj Coster-Waldau)
descubre progresivamente que éste es nada menos que un infiel serial, por lo
cual une fuerzas con dos de las asimismo inconscientes amantes (Cameron Diaz y la
modelo Kate Upton) para darle su merecido --surgiendo una insólita amistad.
Después de la excepcional The Notebook (2004), Cassavetes ha tenido una suerte desigual
con los argumentos femeninos; en My Sister’s Keeper (2009) y la película de esta nota,
sin embargo, su colaboración con Diaz --una actriz cuando menos eficiente-- ha
obtenido momentos de solvencia curiosamente desfavorecida por los críticos. The
Other Woman, por ejemplo, es un trabajo quizá un tanto demasiado frívolo, zafio
y largo, pero las risas no se hacen esperar, además de contener un pasable comentario sobre las relaciones maritales en estos tiempos
tan vertiginosos. El soundtrack, como suele suceder en estos casos, es un plus;
otro lo es el cuasi mítico Don Johnson en su fugaz aunque adecuado rol. En
contra está el hecho de que la rapper Nicki Minaj aparezca más brevemente aun en
su debut cinematográfico --no se trata de una actriz promisoria ni mucho menos,
pero la mínima baja espalda de la (por otro lado) robusta Upton recibe, en
cambio, todo el inexplicable aprecio del DP. 2.5/5
sábado, 6 de diciembre de 2014
viernes, 14 de noviembre de 2014
Bilitis (1977)
Celebración
de la niña-mujer y su belleza a un tiempo efímera y eterna, y de Patricia
D’Arbanville (nacida en 1951) en particular, este retrato no puede evitar quedarse en la
idealización sin pasar jamás a los matices psicológicos del sujeto --una
feminidad añorada y capturada por la prodigiosa fotografía del director David
Hamilton, quien acaso no tiene más intenciones que las mostradas. De todas
maneras, y pese a la encantadora actuación de D’Arbanville, la pubertad
intocable y sáfica --aunque no existe mayor relación con Les chansons de Bilitis, de Pierre Louÿs-- de la protagonista permanece abocetada en apuntes que son
frustrantes por lo que parecen prometer; quizá un montaje más ceñido a las virtudes
estéticas de Hamilton habría resultado en una película adecuadamente breve, con menos relleno, con
una trama más extraordinaria que la que sigue a una niña excepcional en sus
vacaciones en casa de una ex pupila de su internado, pero el metraje (in)suficiente
está ahí como prueba de una poética/erótica visual
sugerente como pocas, hecha de luz y color evocadores --ese estilo soft-focus único de su artífice-- y, por qué no, de esas
pasionales notas del pentagrama con que Francis Lai redondea el delicado,
exquisito carácter impresionista del conjunto. Más que la propia Bilitis, el
espectador marcado por la inocencia de esa infancia otra, esa distante
presencia del género opuesto en su preciso estallido constante y fugitivo, echa
de menos las sombras que se entrecruzan en los espacios idílicos de un
escenario ya y para siempre vacío. El film: 3/5 La música: 5/5
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miércoles, 29 de octubre de 2014
Straight Talk (1992)
La
incombustible Dolly Parton, uno de los verdaderos iconos de la música country
americana, produce y estelariza esta amable comedia acerca de una mujer
pueblerina que llega a la gran ciudad para realizar sus sueños. Mientras busca
empleo, cierta oportuna confusión la transforma, de la noche a la mañana, en la
Dra. Shirlee, la más solicitada consejera de las ondas radiofónicas. Por
supuesto, no todo irá viento en popa: su ex pareja, un patán de barrio con el
continente de Mr. Blonde himself
(Michael Madsen en la época misma de Reservoir Dogs), y un galán con motivos
ulteriores (James Woods), le complicarán la vida a esta innata psicóloga con
razones para frecuentar la nocturna altitud de los puentes fluviales… El
excelente soundtrack, hilado de canciones escritas e interpretadas
magistralmente por Dolly, complementa la narrativa de una cinta formulista a la
vez que beneficiada por las cualidades de su radiante protagonista. Ese
irresistible canto a la resiliencia y a la fe que es “Light of a Clear Blue Morning” y el genialmente
divertido tema del título, por sólo escoger los ejemplos más apuntalados, son
constataciones certeras de una actitud vital plasmada en el ecran con artística
honestidad y sentido del humor. 3/5
1977
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jueves, 9 de octubre de 2014
Electric Dreams (1984)
Como casi
toda buena canción, es ésta una de amor. La diferencia está en que se trata más
bien de un video clip (o casi) de 120 minutos, producido y dirigido con el
profesionalismo un tanto ingenuo y festivo que signaba su época. Se trata de un
triángulo: Miles, un solvente pero socialmente limitado arquitecto que se acaba
de mudar a NY; Madeline, la hermosa vecina de al lado (Virginia Madsen: algunos tienen esa suerte); y Edgar, la computadora a cargo de la seguridad del
departamento de Miles, cuya vida amenazará con dominar cuando --oh diosa de los
guionistas ochenteros-- cada uno de sus transistores se enamore de la chica (no
por nada toca el violoncelo), a quien compondrá canciones en un anonimato digno
del Cyrano. Estilizado manejo de cámaras y, sobre todo, una fina edición al
compás del ecléctico pero armónico soundtrack (Bach, Culture Club y Giorgio
Moroder componen la música), atento a las emociones cibernéticas, son, entre
otras, las características que identifican esta fantasía colorida e inesperadamente
oscura --una especie donde HAL 9000 se cruza con el optimismo que encubre la
penumbra en John Hughes, anticipando los entresijos más espontáneos de la
dramática Her (2013)--, protagonizada, por eso, por Bud Cort (uno de los actores
clave de los 70s) en la voz de Edgar. La inolvidable canción final es de Phil Oakey, el
vocalista y líder de The Human League. 3/5
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jueves, 31 de julio de 2014
La dama rossa uccide sette volte (1972)
Emilio P. Miraglia
dirigió su mejor giallo en esta intriga acerca de una rancia y
truculenta maldición familiar. Según cierta leyenda ilustrada en conspicuo
lienzo, el acerbo odio entre dos hermanas (una rubia y la otra morena, una
vestida de rojo y la otra de negro, una asesina de la otra que volverá de
ultratumba para vengarse) se renueva cada cien años en un castillo de la decadente
aristocracia europea, y, en cada oportunidad, hasta llegar a la víctima
principal otras seis tienen que caer. Al igual que en La notte che Evelyn uscì dalla tomba, una tal Evelyn es la ubicua villana de un asunto tenebroso a cuyo
tenor sobrenatural se le buscará una explicación del todo lógica. No obstante,
pese a sus propios fallos (por ejemplo, la importante revelación de la asesina
no es una meticulosa sorpresa), esta vez se trata de una película mucho más lograda
como trama detectivesca y de misterio, sin el peligroso humor involuntario del título anterior, con un guión más ajustado, creíble e, incluso, de
alguna profundidad psicológica --sin olvidar la oportuna pincelada de poesía ni la precisa digresión existencial. La deslumbrante presencia de Barbara Bouchet (la
femme fatale de Milano calibro 9), su “fría” protagonista en harto competente
actuación, o de la sensualísima Sybil Danning, aunada a la creativa fotografía en
Technicolor de Alberto Spagnoli y a la perversamente inocente música en clavicordio de Bruno
Nicolai, son otras razones que justifican el visionado de esta ambiciosa pieza
de género, tras la estela de Bava, Argento y Cía.
***½
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viernes, 6 de junio de 2014
Gatica, el mono (1993)
Así como su colega John Cassavetes se permitía
la diablura masoquista de un literalmente explosivo final para el Brian de
Palma más pasado de rosca (justo después de Carrie), Leonardo Favio ejercía de
argentino trovador para toda una generación de mamás (incluida mi mami preciosa)
colgadas del romanticismo simple y casi insufrible (no obstante sensacional y
subjetivamente conmovedor) de versos inolvidables como hoy corté una flor (y llovía, llovía). El grecoamericano era menudo
y avisado, y a menudo avezado, como en The Dirty Dozen y The Killers; mientras
que el cantante sin apellido --a la Angelina Jolie Voight-- era un gitano
robusto de pañoleta roja y gorgoritos característicamente graves o más bien
grávidos --¿Sandro anyone?--, en todo caso efectivos: y yo te iré contando tantas cosas bonitas... Ambos lo hacían por
amor al arte, no hay duda, pues Leonardo Favio financió con aquellos éxitos
radiales los equivalentes rioplatenses de Faces o Minnie and Moskowitz,
legando una filmografía independiente y autóctona que ha creado escuela en esta
parte del mundo.
No en vano hemos mencionado aquella genial
adaptación que Don Siegel consiguió del relato breve fundacional de la série
noire tipeado de pie por Hemingway: en Gatica, el mono, el boxeador como figura
arquetípica, identificatoria de toda una mitología, reaparece con brío clásico en el
ámbito del cine hispanoamericano. Biografía del campeón José María Gatica, se
trata de una épica realista y estilizada, con la que el director (fallecido en
noviembre de 2012) volvió de un prolongado retiro. El melodrama humano a la vez que arrabalesco, de gran guiñol, de su antihéroe sirve a una compasiva y, no obstante, honesta mirada en las miserias de una nación. La cámara de Favio prefiere, por eso, a la par que auscultar el temperamento psicológicamente complejo, revanchista y egocéntrico de Gatica, posarse en los eventos que suceden tras las bambalinas, aun en las sombras o en las exhalaciones de una crónica histórica hábilmente asimilada al ascenso e inevitable caída de un emblema no sólo nacional: también Favio era un peronista convicto. Iluminadoras son, en las escenas deportivas, las asociaciones entre el pugilato y el ritual católico --las cuales, como algunos otros elementos en la película, remiten a la modélica Raging Bull--, así como, en el privilegiado nivel privado, la descripción de la decadencia vital de Gatica en términos de una estética conscientemente tremendista. La interpretación dúctil e histriónica de Edgardo Nieva en el rol titular es nada menos que espectacular. "Tanguera", que después de ver la obra maestra de Favio el lector no podrá dejar de identificar en este arreglo, fue una composición de Mariano Mores, cuya música también forma parte de la comercialmente inédita Perón, sinfonía del sentimiento, del propio Favio. *****/*****
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martes, 11 de marzo de 2014
Moi, fleur bleue (1977)
Después de conquistar a los públicos más exigentes con sus interpretaciones en Taxi Driver y The Little Girl Who Lives Down the Lane (ambas de 1976), la gran Jodie Foster, veterana de tan sólo 15 años de edad, se fue a hacer por primera vez las Europas --habiendo ya visitado Cannes a propósito de la obra maestra de Scorsese. Así es que antes de rodar la playera Casotto en Italia y regresar a Hollywood para seguir sacándole partido a su adolescencia tan atractiva como inteligente, Jodie protagonizó esta ligera comedia romántica acerca de una chica en busca de la pérdida de su virginidad que, más allá de la genial convicción con que la pequeña actriz incorpora a tal personaje y su asertividad (y que sus trotes en París me recuerden al púber James Joyce recorriendo en celo las calles de Dublín, imaginado por Anthony Burgess), no llega ni por asomo al nivel alcanzado por otras películas con similar apariencia y asunto, e.g. la sorpresiva Little Darlings (1980) estelarizada por una imprescindible Kristy McNichol. No obstante lo observado, y pese a que Moi, fleur bleue resulta lamentablemente trivial (por si fuera poco, el otro nombre de la producción era Jean Yanne, el Carnicero de Chabrol), el primer amor encontrado por la maravillosa Isabelle (Foster) en su cruzada desfloratoria de sí misma funciona inclusive, aunque no se quede sino en un boceto de pasión, en el plano musical, pues ésta fue la tercera incursión de mi estrella femenina favorita en el canto --luego de Bugsy Malone y Freaky Friday, también del copado 1976--: un debut francés en pleno, gorgoritos y todo. ***/*****
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