lunes, 19 de noviembre de 2012

Rocky III (1982)


Sylvester Stallone, maestro desdeñado por la cinefilia más presuntuosa, reanudó su épica del italiano de clase obrera que vive el sueño americano después de pasada su aparente oportunidad --iniciada en la milagrosa Rocky (1976)-- con esta sustancial, energética, y aun dramática (trágica, incluso), secuela. Balboa es ahora un tipo rico, un campeón domesticado por la celebridad, hasta que aparece un nuevo retador (el “magnífico” Mr. T en su debut) dispuesto a destrozar sus ilusiones y la realidad misma de su existencia lograda literalmente con sangre, sudor y lágrimas. Entonces, un inesperado aliado le sale al rescate. Esta vez la franquicia deportiva ha encontrado su momentum, y ya se proyecta visiblemente hacia el lado espectacular y de acción sensacional del asunto, perdiendo voluntariamente el equilibrio desequilibrado de sus totalmente kazanianos, caprianos orígenes, cuando la fusión de narrativa ideal y veraz fue acogida con fervor por crítica y público: Rocky se ha convertido en un vehículo de la pasión de su autor por el culturismo filosófico, su cuerpo de gladiador aeróbico un emblema de la era Reagan tan legítimo en su concepción plástica como cada balazo esquivado y contestado por el eventualmente reaccionario Rambo (a derramar su primera sangre en octubre del mismo año) --una tentativa de localizar lo universal que sería todavía más exitosa en la siguiente parte, donde incluso el sentido del humor de nuestro ídolo se ha vuelto imperialista. Irónicamente, ésta era la única dirección viable para la historia, genialmente prolongada por un incomprendido Stallone que, no obstante ambos innegables aciertos, sí trastabilló con el quinto episodio. Ahora, a disfrutar de un inspirador y popular clásico de las bandas sonoras:




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